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Los mortíferos atentados terroristas contra Estados Unidos
ocurridos el 11 de septiembre fueron un
duro golpe para el pueblo norteamericano, pero también para la humanidad entera.
Fueron una letal
y escalofriante forma de despertar del sueño de creer que a pesar de muchos tropiezos y
equivocaciones, la condición humana caminaba a mejor. Por unos terribles momentos la
bondad
sonó a mentira y la solidaridad a cursilería y debilidad, y por supuesto la justicia
y la libertad a pueril
espejismo de la ingenuidad. Desgraciadamente, la precipitada reacción militar del
gobierno
estadounidense, al mejor estilo del ojo por ojo, emprendiéndola contra los talibanes (que
en modo
alguno representan tampoco a la Santísima Trinidad) en Afganistán, no hacen
vaticinar unos mejores
tiempos para el optimismo humanista. Lo que se nos viene encima son más atrocidades y
la muerte
de más inocentes. Estados Unidos esgrime para su nueva guerra el mismo argumento
fanático que
ocuparon los terroristas suicidas mientras se encomendaban a Alá, segundos antes de
estrellar los
aviones contra las Torres y el Pentágono: la convicción de que se trata de una
lucha del bien contra
el mal, de la libertad contra la opresión, de la democracia contra la tiranía, de
Dios contra Satán.
Días antes de los atentados contra Estados Unidos, Francesco Manetti, un joven
italiano, actor y
maestro de combate escénico en la Academia Nacional de Teatro de Roma,
describía para el boletín
de noticias de teatro la
fragua cómo mientras las bombas caían sobre
la destruida Sarajevo en la
guerra civil que asoló a la ex Yugoslavia, en un teatro semidestruido de la ciudad, un
grupo de
actores se mantenía trabajando en medio de los bombardeos, ensayando y presentando
Esperando
a Godot. Sin imaginar lo que estaba por ocurrir, Manetti escribía sobre la
necesidad del teatro en un
mundo convulsionado y desangrado como el nuestro, y de la vocación de camillero y
enfermero del
arte escénico para levantar y curar las heridas de la moribunda esperanza.
Dos semanas después de los atentados a las Torres y el Pentágono, el 22 de
septiembre, los actores
de teatro la
fragua abordaban un vuelo de American con rumbo a los
Estados Unidos, invitados por
el Centro Cultural Latino de Chicago para participar en el Festival de Arte Latino que se celebra
todos los años en aquella cosmopolita y multicultural ciudad. En el festival presentaron la
obra
Romero
de Las Américas y aprovecharon su tiempo en Chicago para intercambiar
experiencias
teatrales con maestros y estudiantes de teatro de las Universidades de Loyola y De Paul,
hablando
del trabajo e impacto del teatro en una sociedad como la hondureña. Posteriormente
la fragua
llevó
su obra Romero (como pieza
principal) a teatros de Milwaukee Cleveland, San Louis, Iowa. Los
actores además montaron Sueño nuevo, un
programa teatral con obras representativas de la cultura
hondureña que fue presentado principalmente en colegios.
La compañía se preguntaba por la reacción del público de los
Estados Unidos ante una obra como
Romero. La
temática de la obra aborda el violento asesinato de Monseñor Romero en 1980
mientras
oficiaba una misa. En este asesinato la diplomacia norteamericana jugó un papel
controversial: por
un lado abogando por el respeto a los derechos humanos, y por otro apoyando a un gobierno
dictatorial y represivo, entrenando y armando a unos cuerpos de seguridad que utilizaron esas
armas
y ese entrenamiento para reprimir manifestaciones, desaparecer personas, y asesinar a sacerdotes
y
catequistas. Los hechos ocurrieron en el marco polémico de una política exterior
del gobierno
estadounidense que utilizó a países como Guatemala y Honduras (donde
financiaron y asesoraron
las actividades terroristas de la contrarevolución en Nicaragua) como patio trasero en su
disputa con
la ex Unión Soviética.
El público que asistió a las presentaciones de Romero de Las
Américas, pudo ver y aplaudir el
trabajo de un grupo de jóvenes actores hondureños, que sin poses de grandes
estrellas ni aires de
encumbrada celebridad, demostraron aplicación y profesionalidad a la hora de hacer
teatro. La obra
fue presentada con una mínima utilería, un vestuario sencillo, y la fuerza
expresiva de los
entrenados cuerpos de los actores, dejando ver la influencia de Jerzy Grotowsky, y con el
necesario
auxilio de subtítulos de la obra en inglés. Los actores de la fragua
pusieron en buen predicado el
nombre de Honduras. Algo importante para un país que en el exterior es más
famoso por sus
desgracias que por sus virtudes, que vive permanentemente en la página roja de la
corrupción, el
secuestro como negocio, y el subdesarrollo, con una clase política desprestigiada que
fácilmente
confunde la caspa con las ideas a la hora de pensar estrategias para mejorar los niveles de vida
de
los hondureños. teatro la fragua
representó dignamente el espíritu de muchos
hondureños y
hondureñas que sin hacer alarde de tanta palabrería, trabajan con afán y
disciplina desde variadas
profesiones (el arte una de ellas) para forjar el futuro de un país distinto y mejor.
La guerra de Estados Unidos comenzó cuando la fragua
estrenaba Romero en Cleveland.
La
televisión transmitía las señales en vivo de bombas estallando en suelo
afgano, mientras en el
escenario la voz de Monseñor Romero decía: "no podemos responder a un ataque
con otro ataque."
En una gira en tiempos de guerra y ántrax, teatro la fragua
con sencillez y profundidad compartió
su mensaje de esperanza y alegría con el público estadounidense que
asistía a las presentaciones. Fue
emocionante sentir los aplausos y ver al público muchas veces ponerse de pie cuando
Romero
de
Las Américas o el programa de Sueño nuevo
llegaban a su fin. Fue la manera universal
de decir
gracias por su trabajo y su mensaje en unos momentos sombríos y difíciles para
todos. Es la tarea
del arte, del teatro en este caso: servir como un instrumento para reconciliarnos con la vida,
dando
un sentido estético a sus contradicciones y tragedias, de tal forma que los humanos no
repitamos los
mismos errores ni permitamos la continuación de una historia que condena o asesina a
inocentes por
causa de la injusticia, la intolerancia, y el fanatismo político o religioso.
Durante su estancia de un mes por ciudades del "midwest" de los Estados Unidos,
teatro la fragua
realizó 18 presentaciones en teatros públicos y de universidades. La gira
terminó con éxito y la
compañía ha regresado a El Progreso, cansada pero satisfecha, lista otra vez para
seguir
comunicando su mensaje de cultura, humanismo y esperanza a través del teatro.
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