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Historia y Crítica |
EL
PROGRESO EN HONDURAS: Barro y Esperanza |
Carlos M. Castro |
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De aquellas tierras, de aquel barro, de aquel silencio, |
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Vengo de un pueblo donde hay dos ríos, donde parece que el tiempo detuvo su marcha. Vengo de un pueblo pequeño que el nombre le queda grande: El Progreso. Por aquel pueblo antes pasaba un tren que con gran alborozo enseñaba por sus ventanas las caras de trabajadores y trabajadoras que tenían los brazos anchos y generosos como las hojas verdes del platanal. Ahora por los rieles de aquel tren sólo se deslizan el polvo y alguno que otro desvencijado y percudido vagón. En aquel pueblo los cerros están envejecidos y calvos: de árboles, de pájaros, de nubes. En el cerro Mico Quemado ya no grita el mono olingo; su grito sólo es el referente de un lejano y alegre recuerdo que se escucha en la memoria y en las conversaciones de los viejos. De los cerros de aquel pueblo de donde vengo se fue el ágil y tímido venado. Un día el tepezcuintle ya no encontró dónde hacer su madriguera, y también se marchó, todavía no sé a dónde. La incomprendida serpiente buscó otros matorrales por donde reptar en paz y sin temor a ser abrasada por las enfurecidas llamas de los montes, libre del miedo a ser cortada por el filo de un machete, libre de la injusta maldición ocurrida en aquel remoto y mítico paraíso. Yo anduve los caminos y las calles de El Progreso. El pavimento sólo ha alcanzado para cubrir las calles aledañas al centro comercial del pueblo. El resto de las calles de la ciudad y los barrios son calles de polvo y llenas de hoyos como la luna. Por esos caminos anduvieron mis pasos de día y de noche. Por esas calles anduve errante buscando la vida, buscando la muerte. |
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Una vez, siguiendo la línea del tren allá por el barrio San Martín, como quien camina buscando los campos bananeros, en una de las riberas del río Ulúa que la gente ha convertido en monumental basurero, había una casa de lámina y cartón. Los perros y los zopilotes revolvían los cerros de basura buscando carroñas. Dentro de la casa que olía a humedad fermentada y leña chamuscada, dos mujeres flacas, envejecidas de la noche a la mañana, con el pelo desordenado y los pechos caídos y marchitos, contemplaban como hervía en el fuego la última ración de frijoles. Al lado de las mujeres, acostados en un camastro, una niña y un niño con la implacable marca de la desnutrición arrancándoles la vida. Así transcurre la vida en los alrededores del puente "La Democracia", cotidianamente amenazada por la pobreza, la marginación, y la injusticia. En la calle comercial de El Progreso hay una plaza; está al frente de la Iglesia Católica de Las Mercedes. En medio del calor los lustrabotas limpian zapatos, la gente se arremolina alrededor de los comercios que han robado la acera a los caminantes. Más adelante algunos niños se drogan oliendo pegamentos para olvidar el hambre y el abandono. Los semáforos, los buses, las bicicletas, y los taxis, se confabulan para romper los nervios y sembrar el desorden. Un borracho se orina delante las narices de todos, mientras en el centro de la plaza una enorme boa suspira y adivina el destino a una multitud de ociosos y distraídos curiosos, y un predicador vocifera y grita maldiciones anunciando el fin del mundo. |
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Cuando llueve en El Progreso llueve feroz como si del mismísimo diluvio universal se tratara; pero de inmediato, cuando menos uno lo espera, aparece un sol que en segundos evapora todo cuanto a su luz se expone, y entonces cunde por todas partes, por todos los rincones, una calurosa humedad que todo lo penetra, que todo lo marca con su huella caprichosa y libertina. Con el canto de los pericos cae la tarde en El Progreso. El sol se convierte en agricultor y enciende un gran fuego en medio de las nubes y todo el cielo arde en anaranjados y variados celajes. Y luego de quemar y arar el cielo, el sol siembra una milpa de estrellas que la luna cosecha todas las madrugadas. Todas las noches, en una esquina del centro de El Progreso, doña Marta, una madre frondosa en hijos y trabajos, vende baleadas (una comida muy hondureña que consiste en una tortilla de harina untada de frijoles molidos y polvo de queso) y carne asada con jugo de naranja. Aquella era nuestra esquina. Allí comíamos, bebíamos jugo de naranja, nos reíamos, inventábamos la amistad, el amor, y la complicidad. |
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Te vas de El Progreso pero nunca esa ciudad de El Progreso se va de ti. En la lejanía recuerdo algunos lugares de El Progreso: el cine Italia, las discotecas, los billares, las cantinas, las maquinitas, las noches de teatro. En la distancia me acuerdo de los niños y niñas de El Progreso, de sus sonrisas, de su cariño. Recuerdo a las bellas muchachas progreseñas caminando por las calles del centro. Caminan y en sus movimientos se escucha el murmullo del tambor garífuna y la ternura maya. Ataviadas con mínimos atuendos caminan por las aceras del centro guiñando el ojo al calor y los sentidos, buscando la maquila, el instituto, la ilusión. La gente de El Progreso, ni peores ni mejores que otras gentes. Gentes para todos los gustos: con virtudes y defectos, dependiendo de la circunstancia. Gente fácilmente querible y fácilmente odiable. Gente prodigiosa para el amor y la ternura, para la alegría y el sufrimiento, para el oportunismo y el atenimiento, para la verdad y la mentira. Gente progreseña con nombre y apellido. Recuerdo algunos nombres: Suyapa, Jorge, Claudia, María, Joche, Lauren, Jefrin, Chito, Jenny, Lucila. Nombres tan comunes y tan familiares, nombres algunos tan entrañables y necesarios como la palabra pan, café, tortilla, naranja, o yuca. Nombres con personas que ahora aquí me duelen en la distancia. Nombres de barro y esperanza como la palabra amistad, como la palabra Centroamérica, como la palabra Honduras, como la palabra El Progreso. |
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