historia y crítica





Érase una vez un terremoto, un teatro y unos Cuentos Infantiles




Ser salvadoreño es ser medio muerto
eso que se mueve
es la mitad de la vida que nos dejaron
Todos juntos
tenemos más muertes que aquellos
pero todos juntos
tenemos más vida que ellos

-Roque Dalton, Todos

Terremotos y damnificados en El Salvador:
no hay casas, no hay comida... no hay sonrisas

El sábado 13 de enero de 2001, apenas unos minutos antes del mediodía, un devastador terremoto sacudió a El Salvador. En pocos y dramáticos segundos una acomodada colonia de clase media fue sepultada al desmoronarse, como una mortal cascada de tierra, árboles y piedras, parte de una cordillera que atraviesa a la ciudad Santa Tecla. Pueblos en diferentes partes del país quedaron destruídos, convertidos en ruinas y cerros de escombros. El seísmo se desencadenó como resultado del choque subterráneo de las placas Coco -en el pacífico- y Caribe -en el atlántico- y fue perceptible en toda la región de Centroamérica. Al mes, otro terremoto golpeaba fuertemente los departamentos de San Vicente, La Paz, y Cuscatlán, en la zona central salvadoreña. Como trompeta de regimiento, los dos terremotos despertaron a todas las fallas sísmicas sobre las que está asentado el territorio salvadoreño, suscitando un enjambre sísmico como nunca había ocurrido en ese país. Desde los dos terremotos se han registrado más de ocho mil temblores, mil de ellos de sensibilidad notable. El número de damnificados sobrepasa el millón y la ayuda internacional, obstruida muchas veces por la burocracia gubernamental, ha resultado insuficiente para aliviar las urgentes necesidades de una población cuyo estado de ánimo ha sido llevado a los extremos del miedo y el asombro.



Viernes 27 de abril. La llegada, imágenes y olores de San Salvador

Hace calor en San Salvador, un calor diferente al de la zona norte hondureña, un calor del Pacífico. El centro de San Salvador es un hormiguero en delirante y acelerado arrebato. Un olor a carburantes y rancios orines llena el ambiente mientras la gente camina con prisa por las aceras. Quien ha visitado San Salvador sabe que en un próximo viaje no volverá a encontrar la misma ciudad: donde antes existía un campo deforestado ahora se construye un complejo de casas pequeñas; en las calles de la ciudad la novedad son los pasos a nivel construídos para agilizar el agresivo tráfico de vehículos; nuevas calles han sido habilitadas mientras otras se han cerrado o tienen sentido distinto. En el "nuevo" San Salvador, de encopetados y modernos centros comerciales, existen otras realidades que continúan sin cambiar, donde el tiempo jamás pasó sino para remarcarlas: niños pobres que en los altos de los semáforos limpian parabrisas o suben a cantar en los buses a cambio de unos centavos; gente sencilla que un día perdió la razón -y en San Salvador no es difícil perderla- y deambulan como abandonados y perdidos fantasmas por las calles. Son las cinco de la tarde y la gira de teatro la fragua ha comenzado en medio del estropicio de carros y buses, en medio de pasos a nivel y semáforos, mientras el escenario de la ciudad se llena con las luces y sombras de un viernes de ciudad moderna por la noche.



Sábado 28 de abril. Destrucción, calor, polvo y pulgas en San Agustín

El desayuno fue a las siete de la mañana, después de una noche tranquila y fresca en el Centro Loyola, un centro para retiros religiosos que fue la casa de descanso y evaluación de la fragua. A las nueve de la mañana, teatro la fragua se reunió con el padre Melo, jesuita hondureño que coordina la Red Ignaciana de Solidaridad con las víctimas del terremoto. Con tono de voz enfático y entrecortado, Melo describió el estado de las comunidades que el teatro visitaría. Señaló que junto al trabajo de rehabilitar viviendas y asistir con alimentos a los damnificados, se sumaría la contribución del teatro con las personas, ayudando desde el arte y la cultura a reconstruir la esperanza, limpiando de sus ojos las imágenes del miedo, la angustia y la aflicción. El trabajo de teatro la fragua no era secundario en las circunstancias de El Salvador, donde lo que se busca es reconstruir a la persona que va a vivir en las nuevas viviendas.

Antes del mediodía teatro la fragua sale camino a la comunidad de San Agustín, uno de los poblados en el oriente del país severamente castigado por el primer terremoto. En la carretera que lleva al aeropuerto y a la costa pacífica salvadoreña, el paisaje soleado es desértico y montañoso y una candente reverberación empaña con brumas de humedad las montañas y cerros a lo lejos. teatro la fragua cruza el nuevo Puente de Oro, símbolo importante de los salvadoreños por haber sido el primer puente moderno construido en el país y que fue destruido por la guerrilla durante los años de la guerra. Allí se ensancha majestuoso el río Lempa como abriendo sus brazos para fundirse con el inmenso océano. En los alrededores del puente está el pueblo de San Marcos Lempa. Los buses se detienen para bajar y subir pasajeros y un bullicio de vendedoras con delantales y canastos ofrecen comida, naranjas y refrescos a los viajantes.

El sol está bastante ardoroso y el calor seco es agobiante, especialmente por el polvo de la carretera que curte la piel y endurece los cabellos. La escasa vegetación languidece sedienta a orillas de la carretera, cubierta por a saber cuántas capas de polvo. A lo lejos el paraje se quiebra en los declives de calvas montañas, montosos potreros, y dormidos volcanes. El Salvador ecológicamente es un país labrado y debilitado por proyectos urbanísticos que lo deforestan en nombre de una mal entendida modernidad. Los ambientalistas no exageran cuando afirman que El Salvador presenta las condiciones ecológicas más dramáticas de toda la región.

A la entrada de San Agustín las calles aparecen empedradas con adoquines. La destrucción del terremoto se mira por todas partes. En cualquier esquina se amontonan los restos de lo que antes fueron las casas del pueblo. Se estima que un 90% de las viviendas están destruidas. La mayoría eran construcciones sencillas con paredes de adobe y techos de teja. Las casas más recientes y de materiales más resistentes lucen sin techo, con sus paredes agrietadas o inclinadas. El pueblo parece un desordenado tablero de ajedrez, lleno de cuadrados donde antes estuvieron las casas. Sobre los pisos sin casa alguna gente ha levantado pequeñas tiendas de campaña que durante el día son un infierno por todo el calor que concentran.

En el centro del pueblo, frente al parque, está la parroquia. El terremoto del 13 de enero destruyó la iglesia. Un templo con historia, cuya construcción demoró casi un siglo. Desde el primer párroco hasta el último, todos fueron agregando nuevos ladrillos, nuevas paredes, o puliendo detalles. No había pasado la emoción, el orgullo y la alegría de la inauguración celebrada en diciembre cuando un mes después todo fue disuelto por la bravura del terremoto. De la iglesia sólo sobrevivieron la vieja imagen de San Agustín y unos pocos ladrillos del piso. Sobre el piso donde antes estuvo la casa cural se ha levantado una rústica construcción con unas pocas bancas y muchos pupitres escolares. Al fondo la casa cural es ahora una tienda improvisada de pliegos de plástico azul donde en desorden se guardan colchones, ropa, medicinas y alimentos. Damnificada y atada al tronco de un árbol está una vieja y solitaria campana llamando al pueblo, repicando que la esperanza continúa, que la vida sigue alimentándose de los detalles de la solidaridad venida en forma de pan, vivienda y teatro.



Un taller de teatro que calma tempestades

Poco a poco comienzan a llegar los jóvenes que participarán en el taller. Van llegando procedentes de San Agustín y de las aldeas alrededor. Algunos han caminado tres horas desde su aldea para llegar a la parroquia y participar en el taller. Llegan vestidos con ropas de domingo: ellos con sus camisas transpirando el calor de las dos de la tarde y ellas envueltas en el aroma de modestos perfumes.

Cuando hay unos veinticinco jóvenes entre muchachos y muchachas da inicio el taller, que se realiza usando la iglesia provisional como "salón" principal. El evangelio que se escoge para trabajar con los jóvenes es el de Jesús calma la tempestad. Como siempre, al principio hay que pelear para que los jóvenes abandonen la pena y se apliquen al trabajo, pero conforme el taller va entrando en calor con los ejercicios físicos y de voz, la terrenal magia del teatro empieza a aparecer. Durante una tarde bien aprovechada los jóvenes de San Agustín tienen lista la dramatización: unas muchachas harán de barco, otros jóvenes de viento, de olas y tempestad, y otros de Jesús y los discípulos.

La tarde cae y los jóvenes del taller regresan a sus casas. Los actores descansan y luego cenan. Por la noche, los actores ensayan el programa de Cuentos Infantiles que presentaran el domingo por la mañana después de la misa. Lo primero que hacen es reconocer el espacio escénico. El escenario se establece en un rincón de la iglesia provisional y al principio los actores tienen algo de dificultad para adaptarse y acostumbrarse al espacio. Una de las columnas queda justamente en medio por donde los actores tienen que transitar con acrobacias y otros movimientos. Pero la columna pronto se convierte en parte de la utilería de los cuentos y de incómodo obstáculo se convierte en el mástil del barco en el cuento Huevos verdes con jamón.

Al terminar el ensayo algunos de los actores salen a caminar por los alrededores de la parroquia. Las calles están desiertas y los esqueletos de las casas destruidas tienen cierto fulgor fantasmal. Los perros del pueblo ladran al escuchar aproximarse a los actores. En la distancia, en alguna cantina, suenan canciones rancheras y se escucha el rumor de voces que cantan, gritan, y ríen. Los actores buscan una pulpería pero a esa hora ya están cerradas. A pesar de la luz eléctrica, la gente de San Agustín mantiene la costumbre de acostarse temprano. Un muchacho de la parroquia que guiaba a los actores llama a la puerta de una pulpería, la dueña le reconoce y con gusto vende los refrescos que los actores beben unos sentados en las aceras y otros en una banca dentro de la pulpería.

Llega el momento de dormir. En una barraca donde se almacenan ayudas para los damnificados, los actores tienden unos colchones sobre el suelo y se aprestan a dormir entre conversaciones y chistes, que disimulan el temor, por todos compartido, de que ocurra un fuerte temblor entrada la madrugada mientras se duerme. El sueño va llegando poco a poco. Afuera se oyen los pasos y los gritos de hombres borrachos que regresan a sus casas. En la barraca algunos actores ya están roncando y otros se mueven de un lado con gemidos de incomodidad por los ataques de molestos mosquitos y pulgas, que han encontrado en los actores carne nueva y de exportación para hurgar y picar. Con el trinar de los grillos la noche se hace madrugada y llega el silencio esperando la mañana del domingo para la primera presentación de teatro la fragua en San Agustín.



Domingo 29 de abril. Evangelios y Cuentos en vivo, la primera presentación

Todo el mundo se prepara para la misa. La gente se ha estado congregando desde muy temprano. La mayor parte son mujeres jóvenes, maduras, y viejas. Algunas con sus niños en brazos, a los que durante la misa amamantan para apaciguar sus llantos. El altar luce manteles limpios y con flores. Un coro acompañado por una guitarra practica las canciones para la misa. A las nueve de la mañana da comienzo la misa. Hay un ambiente especial de fiesta porque además de la visita del teatro, a la misa ha llegado una delegación de varias personas venidas de otra parroquia. Cuando termina el aleluya, un grupo de jóvenes sube al estrado ante la mirada asombrada de los feligreses, y a una voz proclaman: Dramatización del santo evangelio según San Marcos y acto seguido toman sus respectivas posiciones y la dramatización empieza. Los jóvenes de San Agustín transfigurados temporalmente en actores y actrices, el público siguiendo con atención los movimientos, aplaudiendo o sumándose al canto del Pescador de hombres mientras la barca se mece tranquila en las aguas pacificadas por el poder de Jesús.

Cuando la misa terminó teatro la fragua presentó los Cuentos Infantiles. La presentación fue buena teniendo en cuenta que las condiciones no fueron las mejores. Estaban los inconvenientes del espacio que fueron superados con prodigiosa creatividad y profesionalismo. La misa se prolongó mucho y la gente estaba cansada cuando los actores de la fragua saltaron al escenario. Además el calor, muy prendido a media mañana, disminuyó el desenvolvimiento de los actores, especialmente al final de la presentación. Con todo se consiguió entretener a la gente que por primera vez tuvo la oportunidad de ver a un teatro como la fragua.

Fue un domingo de mucho trajín en la parroquia de San Agustín. Había largas reuniones entre los diferentes grupos de la parroquia. Todo el día hasta la tarde hubo gente entrando y saliendo de la parroquia. Los del teatro la fragua ocuparon la mitad de la tarde para continuar instruyendo a los jóvenes en las rutinas básicas para dramatizar evangelios, y al final de la tarde ya se habían montado otros pasajes evangélicos para dramatizar en la misa. Cuando el sol se fue poniendo benévolo y un poco de brisa empezó a correr, teatro la fragua se despidió de San Agustín y de sus gentes. En la carretera de regreso al Centro Loyola van apareciendo muchos carros con familias regresando de las playas o de otros lugares de descanso.



Lunes 30 de abril. Visita a la Universidad y presentación en Las Granadillas

El lunes por la mañana fue de descanso para la compañía. Algunos aprovecharon para conocer y visitar la UCA, la universidad de los jesuitas en El Salvador. En esa universidad en 1989 fuerzas militares allegadas al gobierno asesinaron a 6 sacerdotes y a dos sencillas mujeres. Con el tiempo el lugar del asesinato se ha convertido en un santuario de peregrinación y en símbolo de la lucha por la justicia. Donde fueron asesinados los sacerdotes y sus colaboradoras ha florecido un jardín de rosas, y en una sala arreglada con sencillez y mucha belleza se guarda y honra la memoria de los mártires centroamericanos: Rutilio Grande, Monseñor Romero, los mártires de la UCA, religiosas y gente anónima del pueblo que ofrendó su vida en la lucha por construir un mundo mejor, tienen allí su altar desde donde continúan alumbrando el camino de la verdad, de la entrega y la justicia. Para los actores es difícil en ese contexto no acordarse de la obra Romero de Las Américas, una de las piezas teatrales de la fragua donde interpretan la vida del arzobispo mártir y de El Salvador en ese tiempo de encarnizada persecución contra los sectores progresistas de la Iglesia.

Después del almuerzo teatro la fragua se dirigió a la comunidad Las Granadillas, un poblado en los declives de un cerro que estuvo varios días incomunicado por los derrumbes del terremoto. Siguiendo la carretera que lleva al puerto de la Libertad, el teatro se desvía para visitar Las Colinas, la residencial sepultada durante el primer terremoto, cuyas imágenes de muerte y dolor dieron la vuelta al mundo. Allí ahora reina un silencio sepulcral. El viento, como en un cementerio, levanta pequeños remolinos de polvo. Al fondo está la montaña herida como si una descomunal y enfurecida fiera le hubiera arrancado las entrañas. Se continúa el trayecto hacia Las Granadillas a través de un camino angosto, sinuoso, y con precipicios a ambos lados. A medida se asciende por el camino el clima se vuelve muy fresco y el paisaje se embellece.

En Las Granadillas el teatro se presenta en la iglesia. Los actores, con las dos actrices del grupo, barren y limpian la iglesia, arreglan las bancas ubicándolas alrededor del espacio donde se actuarán los Cuentos, de tal forma que la interacción entre teatro y público quede garantizada. Lo mismo que en San Agustín los muchachos despliegan y cuelgan el colorido telón del teatro. Una vez que la iglesia queda transformada en teatro, el grupo marca los movimientos de las obras, caminándolas y ensayando algunos textos. Pocos minutos antes de la presentación la campana de la iglesia repica convocando a la gente y a los niños. Los actores detrás del telón se han vestido con sus respectivos vestuarios, están concentrados y practicando ejercicios de respiración y de voz. El espacio es bueno y la presentación sale mucho mejor que en San Agustín. El público se involucró más con el trabajo de los actores y hubo menos dispersión de la atención. La gente participó de una comunión diferente pero con la misma profundidad de significado que la religiosa. No era el cuerpo de Cristo el que recibían sino el cuerpo y la energía de unos actores transfigurados por el ritual mágico del teatro en canciones, bailes, en personajes, en vida. Esa tarde florecieron las sonrisas y se refrescó la esperanza en Las Granadillas.



Una noche con Juliette Binoche y Johnny Deep

De regreso en San Salvador teatro la fragua decide ocupar la noche para asistir al cine. La película escogida es Chocolate dirigida por director sueco Lasse Hallströn con la actuación de Juliette Binoche y Johnny Deep. Con mucha sencillez, y sin grandes ambiciones cinematográficas, la

cinta aborda el tema actual de la intolerancia y la discriminación, el autoritarismo y la falsa moral puritana, refugio y pancarta de atormentados santurrones. A través de sus obras teatro la fragua ha insistido que más allá de ideologías, nacionalismos, creencias y tradiciones, nuestras raíces humanas son coincidentes más que excluyentes. Nuestra identidad es una confusa pero rica conjunción de elementos griegos, indígenas, africanos, europeos, americanos. Recordar eso es importante en un mundo como el nuestro donde los conflictos étnicos o nacionalistas son llevados a extremos horrendos, y donde todavía se rinde exacerbado y fanático culto a la intolerancia y la discriminación. En las zonas de emergencia de El Salvador voluntarios de todas las nacionalidades trabajan con los salvadoreños removiendo escombros y construyendo casas, abrazando sudorosos el único nacionalismo por el que vale la pena pelear hasta la sangre: el de la mutua condición humana que hace brotar la ternura de la solidaridad sin importar el país y las diferencias culturales; donde una lágrima es enjugada y curada con paños de diferentes colores, procedencias, y texturas; donde la tristeza cede su lugar al milagro de la sonrisa entre hermanos que se identifican en la alegría y el dolor, que comparten las mismas problemáticas y esperanzas.



Martes 01 de mayo. El niño que buscaba a Ayer en Santa María Ostuma

San Salvador despierta aletargado como si fuese domingo. Se conmemora el día del trabajo y como todos los años se realiza una marcha de trabajadores y organizaciones populares que al final termina con disturbios callejeros, paredes manchadas y enfrentamientos entre manifestantes y unidades antimotines. Mientras eso sucede teatro la fragua está en la carretera camino a la comunidad de Santa María Ostuma.

Santa María Ostuma, en el departamento de La Paz, es una comunidad tradicional de aires frescos y aroma de café que resultó destruida casi en su totalidad por el segundo terremoto. Por las tardes en Ostuma sopla un viento fuerte y fresco. Se mira a las golondrinas jugando con el viento, abriendo muy altivas y elegantes sus alas, dejándose arrastrar por donde al viento se le antoja. Como desde un mirador se puede ver la accidentada geografía: verdes campiñas, cerros y cuadradas parcelas de varios cultivos. El viento como escoba sacude y arrastra a las nubes, trayendo consigo los sonidos de afanosos martillos que cincelan paredes destruidas o clavan tablas en las viviendas provisionales. A través de los escombros la gente camina por las calles empedradas y en pendiente del pueblo. Bajo el sol brillan las láminas que sustituyen los techos de tejas en las viviendas.

La compañía almuerza e inmediatamente después comienza los preparativos para presentar los Cuentos Infantiles en una enramada al lado de las ruinas de la destruida iglesia colonial. Parece como si una bomba desmoronó la iglesia: el techo de tejas apenas soportado por unas frágiles columnas de madera, bultos de piedras por todas partes, gruesas paredes caídas, columnas de concreto quebradas, vitrales destruidos. Sólo la torre del campanario se mantiene erguida y firme. El motor de un bus anuncia su salida cuando uno de los actores vestido con el desarreglo propio de un niño sale de entre el telón de colores de la fragua para dar la bienvenida al público y comenzar la presentación. Una presentación en medio de las ruinas y la destrucción del terremoto.

El programa de Cuentos Infantiles da inicio con el cuento El cordoncito del mexicano Vicente Leñero, que cuenta la historia de Paquito, niño de una barriada popular a quien su madre ordena salir de la casa a buscar fortuna un día de mucha carestía. Además de adentrarse en el universo de las relaciones infantiles cruzadas de complicidades, travesuras, y canciones, el cuento insiste en un nuevo significado de la palabra fortuna como sinónimo de amistad, astucia, y responsabilidad familiar. De nuevo es la primera vez que la gente tiene la oportunidad de ver un teatro. Poco a poco las risas aparecen en sus rostros. Tres señoras mayores, sencillas, curtidas de arrugas y sol, y con delantales, sonríen inconteniblemente, alguna llevándose sus manos al rostro a cada momento, intentando disimular las ganas de reír: es el contento, la alegría de volver a disfrutar de la vida después de los terremotos y temblores.

Como en los otros lugares visitados, El niño que buscaba a Ayer, de la escritora Claribel Alegría, es el cuento que más resonancia encuentra entre el público. Precedido por un insólito y original acto de circo con malabaristas, perros amaestrados, un gorila y un hábil acróbata, el cuento es la historia de Cristóbal, un niño atrapado en un Ayer feliz pero que se ha marchado. Cristóbal sale tercamente en su busca queriendo atraparlo de nuevo antes que se desvanezca convertido en recuerdo. Se interna en el bosque y descubre la belleza e importancia del Hoy con la ayuda de amigos como el viejo cedro, un alegre tucán, la mosca que sólo vive un día y no conoce el ayer, las abejas, y una lenta y sabia tortuga, que le increpan la necedad de querer encontrar un Ayer que nunca volverá. El cuento finaliza con la escena de un Cristóbal a quien el alba sorprende dormido, "apresando a Hoy entre sus manos". Fue un cuento muy oportuno en las circunstancias de El Salvador.

Seguramente Claribel Alegría no sabe que la magia y humanismo de su cuento, contado teatralmente, está llegando a un público mayoritario que por muchos años ha visto obstaculizado el acceso a la cultura y la lectura. ¿Sabrá Claribel Alegría a sus 77 años que su Niño que buscaba a Ayer está ayudando a despertar la esperanza y la sonrisa de muchos adultos y niños sencillos tanto en Honduras, como en los lugares destruidos por los terremotos en El Salvador, el país cuyas cenizas y fulgores han inspirado su literatura? Quizás Claribel Alegría no conozca a teatro la fragua, pero el lenguaje universal del arte los ha juntado, uniéndolos en el trabajo por mejorar la sensibilidad y el corazón de la gente.



Sientánse en su casa... aunque ahora no tenemos casas

Por la noche, el padre Roberto González, un religioso pequeño de hablar ceremonioso y enérgico, presentó a los muchachos del teatro ante la feligresía en el marco de una misa. La gente aplaudió y un señor dijo al grupo que se sintieran como en su casa: claro -acotó con humor- aunque en estos momentos no tenemos casas. Las casas están destruidas, es verdad, pero existe esa otra casa, la del corazón humano, capaz de albergar en su cálido recinto los sentimientos de la humanidad entera, y los momentos, como ese, de estrecha y cariñosa solidaridad entre artistas y pueblo, entre la fragua y Ostuma.

La principal aventura para los actores más jóvenes del teatro fue armar tiendas de campaña y dormir en ellas, al lado de un jardín de niños donde se guardaban las ayudas recolectadas para los damnificados. Era la medianoche y los muchachos en las tiendas de campaña no podían dormir imaginando brujas y espantos. En esas estaban cuando un estruendo de campanas se escuchó por todo el pueblo, hubo un suave temblor de tierra y un nutrido aguacero empezó a caer. Pero no fue ningún fantasma sino uno de los parroquianos quien tocó las campanas para avisar a la población de la muerte de una anciana conocida por toda la comunidad.



Miércoles 02 de mayo. Talleres de teatro en medio de escombros

A un lado, en las ruinas de la iglesia, están algunas personas del pueblo que voluntariamente desde muy temprano trabajan con afán limpiando escombros, cargando los restos de piedras y ladrillos. Una anciana camina encorvada llevando pequeños pedazos de las paredes que fueron silentes testigos de sus rezos y devociones. Contiguo a aquellas escenas los de la fragua adiestran a los grupos de jóvenes en las técnicas de actuación, limpiando otros escombros: los de la timidez y el miedo a hablar en público, mostrando a los jóvenes del taller la fuerza de su cuerpo y de su voz para anunciar buenas y diferentes noticias. Por la tarde mientras el viento sopla y revuelve golondrinas en el cielo, continúan las prácticas del taller: los jóvenes divididos en grupos y con uno de la fragua como director, ensayan las entradas y salidas del evangelio que esa noche será dramatizado durante la misa. Algunos con la guitarra en la mano afinan acordes y ensayan canciones para acompañar los relatos. Se siente el nerviosismo y la timidez durante la presentación de los jóvenes en la misa. Pero ellos lo hacen bien y los de la fragua permanecen atentos, asistiendo y animando, como comadronas ayudando a gestar la inquietud por el teatro en Ostuma.



Jueves 03 de mayo. Salida de Ostuma y última presentación en San Salvador

A la mañana siguiente continua el taller. Básicamente la misma rutina del día anterior: una sesión de ejercicios físicos, de voz y de entonación musical. Otro grupo ensaya el relato del Hombre de la mano tullida, practicando entradas y salidas, congelamientos, turbas, y aprendiendo a cantar mientras actúan o están en movimiento. Para finalizar la mañana se tiene una reunión con los jóvenes y se evalúa el taller. Después todos van a las ruinas de la iglesia colonial para sacar una foto que guarde la memoria del taller. Allí están las ruinas de la iglesia, pero en medio de ellas resplandece la sonrisa de los jóvenes de Ostuma y de la fragua, y la esperanza de juntos haber edificado algo nuevo en ese día y medio de talleres de teatro.

Cansados pero muy satisfechos los actores de teatro la fragua regresan a San Salvador. Apenas queda tiempo para tomar un baño y descansar un poco cuando llega el momento de salir a La Chacra, una barriada popular en pleno centro de San Salvador. La barriada está en un hoyo y tiene el olor de una cloaca debido a que por allí, entre las casas, cruza la quebrada que lleva todas las aguas sucias y mal olientes de la ciudad. Las calles son estrechas y las casas se amontonan unas con otras como en un barrio árabe, y hay que tener precaución para no ser asaltado. Un barrio que desnuda con violencia el carácter todavía excluyente de la orgullosa, modernizada y muy democrática sociedad salvadoreña.

En un salón abierto de la parroquia María Madre de los Pobres, en la Chacra, teatro la fragua clausura su gira salvadoreña presentando los Cuentos Infantiles en el marco de un encuentro de parroquias hermanas de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. La última presentación de la fragua en El Salvador acontece en medio de indígenas, campesinos, sacerdotes, unos pocos niños, estudiantes y gente sencilla de la ciudad. La gente disfruta la presentación del teatro. Los actores se notan cansados imaginando el retorno de nuevo a Honduras y sus familias. El ritual de los días anteriores vuelve a repetirse: se pone el telón, se barre el escenario, se caminan las obras, y cada uno aguarda el momento de la presentación practicando ejercicios de calentamiento y de respiración. Los actores terminan la presentación cantando Estallidos de pólvora, la canción dedicada a monseñor Romero, y que sirve de emotivo y estremecedor epilogo a la obra Romero de Las Américas. Fue la forma de agradecer todo lo bueno que la fragua recibió de El Salvador durante esa semana de gira. Fue la manera artística de decir hasta pronto, la manera de decir Queden con Dios.



Viernes 04 de mayo. Muy temprano Honduras en el horizonte

Era el regreso después de una semana en El Salvador haciendo presentaciones en situaciones incómodas y difíciles. Fueron doce actores y un director, que junto a otros con otras profesiones, colaboraron pintando los rasgos de un rostro nuevo en medio de la población de El Salvador. Y como se vio a la gente remendar y arreglar sus casas, así se vio también a teatro la fragua curar la tristeza, ayudando con la contribución específica del arte a levantar los cimientos de una persona nueva en El Salvador. Mientras Honduras se dibuja en el horizonte la semilla del teatro reposa inquieta en una tierra salvadoreña que ojalá la haga crecer.



Jueves 09 de agosto. Dos meses después...

Los Cuentos Infantiles se estuvieron presentando durante varios fines de semana en el teatro y en comunidades cercanas a El Progreso. Los días transcurrían con la fugacidad de un sueño, inmersos en los ensayos de la obra Un réquiem por el padre Las Casas, del colombiano Enrique Buenaventura, cuyo estreno ha sido un acontecimiento memorable en la historia del teatro hondureño del nuevo milenio. A la par de las presentaciones de la nueva obra, la compañía trabaja fuerte en los ensayos de Romero de Las Américas y Los Cuentos Hondureños, preparando la gira a Estados Unidos programada para mitad de septiembre. Finalmente, desde El Salvador, donde la tierra sigue moviéndose, llega la noticia de que los grupos de jóvenes de Santa María Ostuma continúan presentándose, dramatizando evangelios en las misas del pueblo... La semilla sembrada en mayo está creciendo.






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