Los de la mesa 10, del dramaturgo argentino Osvaldo Dragún, cuenta las esperanzas y el amor de dos jóvenes en un contexto urbano poblado de falsas convenciones y prejuicios sociales, y de como el amor cuando es auténtico y correspondido se ve obligado a abrirse paso entre toda esa maraña de absurdos obstáculos de clase. En la obra, José, un joven mecánico de humilde procedencia obrera, conoce en un baile de graduación a María, la hija de una acomodada familia de profesionales. A los padres de María el amor se les apagó desde mucho tiempo atrás, teniendo que permanecer juntos nada más por compromiso y apariencia para complacer a las páginas de sociales de los periódicos. José y María se enamoran y se ven obligados a enfrentar el ensueño de su amor con la dura realidad de sus diferentes procedencias sociales. Como dice Dragún la historia trata del amor que todos buscan romper porque se le exige resolver todos los problemas que no hemos podido resolver nosotros mismos. En este sentido, las contrapuestas familias de ambos jóvenes están peleadas no tanto por sus apellidos, que ni son Montesco ni Capuleto como en la inmortal historia de Shakespeare, como por la riña interna que cada familia libra con sus frustraciones, prejuicios, y una deformada visión del mundo y de las relaciones humanas. La pregunta que la obra busca contestar es si el amor puede triunfar cuando los protagonistas son un mecánico, sin mucha escuela ni refinamiento social, y una futura estudiante de arquitectura de elegantes modales y cultura aparentemente superior, que por otra parte es incapaz de valerse por ella misma, acostumbrada siempre a conseguirlo y tenerlo todo gracias al dinero de sus padres, y que nada sabe de ganarse la vida con el sudor y la presión del desempleo, el hambre y la carestía familiar.